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Colonial Martí

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Colonia

Fundación

Comúnmente algunos historiadores ubican la fecha de fundación del poblado de Hato Nuevo (Martí) en 1835, otros incluso fijaron 

este acaecimiento en fecha aún más temprana, por eso este historiado epígrafe reviste una importancia especial. El primer grupo de analistas tiene el juicio más acertado aunque no cabe dudas de la integridad de los otros, lo cierto es que ni en uno ni en otro caso podemos hablar de fundación sino de poblamiento y para ello es necesario hacer una retrospectiva al Siglo XVI, en momentos en que con el objetivo de fomentar la cría de ganado se establecen en los abrevaderos de los hatos mercedados grupos muy reducidos de personas, siendo éstos los primeros habitantes de la región.

A mediados del Siglo XVII, prácticamente una centuria después, con la explotación de los cortes de madera en Guamutas comienza el poblamiento de aquella pequeña aldea que devino en población más primitiva donde se levantó la parroquia de San Hilarión de Guamutas en 1693. Jacobo de Palenzuela en su obra Diccionario Biográfico, estadístico histórico de la Isla de Cuba, plantea: “Hato Nuevo data de 1770 y radica junto al camino que se dirige a Sagua La Grande...”.

Ángel Abad en Historia de las parroquias de Cárdenas y Varadero, precisa:

“ A Hato Nuevo siguieron llegando grupos de gentes advenedizas, anhelosas de esta riqueza forestal, pecuaria y agrícola a lo que se prestaba nuestro suelo llano y exuberante como pocos.”

Las indagaciones actuales realizadas sobre el poblamiento de este lugar, han demostrado que pudo en la fecha aludida anteriormente haber existido algunos bohíos dispersos, pertenecientes a los peones que atendían la hacienda, pero el verdadero poblamiento se inicia a partir de 1819, cuando el entonces propietario Don Manuel Rafael Rocío y Morales decide disolver su propiedad para ser vendida a numerosos colonos, convirtiendo las tierras críales para la agricultura.

La antigua hacienda Hato Nuevo se convirtió entonces en un conjunto de pequeñas unidades agrícolas, sitios de labranza de una o más caballerías de tierra, habitadas por numerosos campesinos pobres que alentados por el decreto firmado en 1817 por el gobernador de la Isla, Alejandro Ramírez, emigran al lugar desde distintas regiones de España o de la isla tras el ofrecimiento de pasaje gratis, pensión alimenticia y una caballería libre del pago del diezmo y la alcabala por espacio de diez años al gobierno.

Uno de estos colonos nombrado Pedro Lucas arrendó al Marqués Manuel Rafael dos caballerías de tierra pero al parecer el susodicho señor sólo realizó el pago de una de ellas en el plazo fijado según las costumbres de la época que establecía el pago a censo a razón de 200 pesos, por lo que la otra fue vendida por Doña María de los Dolores de Sotolongo y Cabrera, Marquesa de la Real Proclamación y Real Campiña, esposa de Manuel Rafael, al campesino Don Antonio Loa. Dicho terreno, todo montuoso, se puede apreciar con claridad en el plano de las tierras de Hato Nuevo perteneciente al mayorazgo fundado por Antón Rocío y Castaños, propiedad entonces de Manuel Rafael, cuyos límites eran: al Norte el cafetal del barón Clín (Quijano), al Sur Camino de Vuelta Arriba o de Sagua (Calle Maceo), al Este Camino del Embarcadero de Río La Palma (Calle Cosme de La Torriente) y al Oeste el sitio de Don Julián Triana (El Colmenar).

Para 1830 todo Hato Nuevo había sido medido y deslindado por el agrimensor público Don Juan Bautista Rufín y Torres y habitado por numerosas familias que levantaron sus bohíos en cada sitio o propiedad por lo que los documentos y la prensa de la época ubica aquí quince casas. En Marzo de ese año inicia en el cabildo de La Habana Don Antonio Leal pleito contra los colonos Alejandro Castillo, Vicente Pagés y Juan Rodríguez quienes de forma ilegal habían empezado la construcción de sus casas en terrenos de su propiedad. De esta forma se establecen las tres primeras familias en lo que es hoy el centro del poblado de Martí (Plaza Roja). Durante los cinco años que duró este proceso judicial el capitán Pedánco radicado en Guamutas hubo de trasladarse en varias ocasiones a Hato Nuevo en búsqueda de pesquisas, lo cual permitió conocer el estado de las edificaciones.

  1. Don Vicente Pagés: Tenía una casa parada con 18 varas de frente, con dos colgadizos, uno hacia el camino real y otro al fondo, con un cuarto como de ocho varas entablado en cedro y piso de igual madera. Otra casita como de ocho a diez varas de largo con dos colgadizos, uno de fondo, otro al poniente, cobijada de guano a media vida, con horconadura labrada, sin que tuviera suelo echado.
  2. Juan Rodríguez: Su casa era de colgadizo, como de veinticuatro varas, un colgadizo daba al camino real y otro mirando al naciente y estaba cobijada de guano y era de media vida. Tenía además un cuarto con entablado de pino y otro donde tenía una tiendecita, un pozo con brocal y una casita maltratada de yagua teniendo el cuerpo de la casa catorce varas y estaba entablada.
  3. Alejandro Castillo: Su pequeña casa era vieja, cobijada de guano como de diez a doce varas de frente sin colgadizo, un gallinero de mala vida cobijado de guano, un pozo sin brocal frente a la casa que daba al camino real, estaba construyendo otra que no tenía más que la horconadura y las soleras, como de dieciséis varas de frente.

Además de estos vecinos tenían en Hato Nuevo sus sitios de labranza dentro de otros, Don Manuel Lugones, Juan Ruiz, Pablo Triana y Antonio Martínez, quienes también habitaban pequeños bohíos de tabla y guano disperso en cada propiedad, dedicados a la siembra de viandas y cría de aves y cerdos. Existían también algunos pequeños cafetales y colmenas, empleándose algunos de estos vecinos durante la zafra en los ingenios cercanos para volver durante el tiempo muerto de nuevo a atender sus sembrados.

El día 2 de diciembre de 1835 según consta en la disposición del cabildo Habanero enviada al entonces capitán Pedánco Don Inocencio Casanova, radicado en Guamutas, queda concluido el pleito entre Don Antonio Leal y los tres colonos establecidos ilegalmente en su propiedad. En dicho documento se puede leer:

“ Este expediente se haya en abandono hace multitud de tiempo y como estamos en la promicidad del punto de pascuas, parece muy conforme y arreglado a justicia que usted se digne mandar que se tracen las costas y se requieran por su importancia el autor para que los abone en término de segunda vía con apercimiento de embargo, pues no es justo que los que han trabajado en beneficio dejen de percibir el fruto de sus tareas con mucha más razón cuando en el transcurso de más de dos años no se ha promovido cosa alguna, lo que induce al necesario concepto de que se ha librado algún acomodamiento y para que tenga efecto así lo informo a V.E...”(SIC)

Al parecer Antonio Leal y los colonos habían llegado a alguna avenencia o simplemente el terreno dejó de ser atendido por éste, quien indulgente les permitió la estancia, pues además otros intrusos también levantaron sus casas urbanizando el lugar. En este aspecto hay coincidencia con los investigadores precedentes, el poblamiento de Hato Nuevo se inicia con la descomposición de la hacienda y la venta de pequeñas porciones de tierra a numerosos colonos.

No podemos hablar de fundación de Hato Nuevo, pues nunca fue instituido, el gobierno de la isla jamás impuso su edificación oficial como sucedió con otras villas y pueblos donde dejó asentado según las ordenanzas su fundación para la para la posteridad. Hato Nuevo como villorrio sólo poseía al finalizar la década del 30 del pasado siglo unas 16 o 17 casas habitadas por alrededor de 120 personas, la inmensa mayoría blancos. Era sólo una pequeña aldea de bohíos diseminados que poco se diferenciaba de otras existentes en la región yumurina como Lagunillas y Ceiba Mocha.

El caserío de Itabo comenzó a levantarse algo más tarde con la llegada de numerosos colonos que fueron estableciendo poco a poco en ese lugar sus bohíos, convirtiéndose al finalizar el siglo en segundo poblado en importancia del partido judicial de Guamutas. De igual forma a partir del tercer decenio del Siglo XIX se fueron poblando los pequeños bateyes de ingenios que en razón a la verdad eran más animados y populosos, sobre todo durante las zafras cuando las fábricas se convertían en un verdadero hormiguero con el constante ir y venir de las carretas cargadas de cañas y el continuo ajetreo de los esclavos y demás trabajadores.

La vida colonial ha dejado profundas huellas, cada rincón de esta geografía tiene un topónimo registrado. Muchos lugares por ejemplo llevan nombre de santos, el arraigado catolicismo de los habitantes les hacían buscar “el favor de estos” para ver prosperar sus propiedades, Santa Ana, San Luis, San Ricardo, Santa Elvira, San Blas, San Vicente, son sólo ejemplos. Algunos propietarios lograron a la posteridad sus propios nombres o los de familiares queridos, baste señalar Rufín, Pumareda, Valdivieso, Solíz Viejo y Menéndez. Otros lugares donde existían ingenios conservan sus antiguos nombres, se pueden nombrar Victoria, Anguila, Concepción, Andorra, Favorito, Telégrafo y muchos más.

La población fue aumentando considerablemente, en 1831 aparece en el periódico yumurino “La Aurora”

Existían un total de 5183 habitantes ( la diferencia en 15 personas según escoto en el epígrafe anterior pudo ser la fecha en que se obtuvo la información), quienes en su inmensa mayoría habitaban los ingenios, cafetales, etc. Los caseríos reunían una escasa población, en el campo los sitieros vivían en soledad y algunos poseían un esclavo que les ayudaba en el cultivo del maíz, hortalizas, viandas, etc. Manifestaciones Sociales

A fines del Siglo XVIII pudo la comarca haber reunido algo más de 800 habitantes entre blancos, libertos y negros esclavos circunscritos a los hatos, cortes de madera y trapiches existentes, por lo que el aislamiento hacía la vida monótona y carente de incentivación social, revistiendo el más insignificante acontecimiento una connotación inusitada.

En 1792 visitó la parroquia de San Hilarión de Guamutas Cirilo de Barcelona, obispo de Triscali, causando gran conmoción pues los allí reunidos pudieron besar el anillo episcopal y recibir la bendición del obispo. Con gran alborozo fue recibido años más tarde en sus visitas del 21 de febrero de 1804 y el 26 de diciembre de 1818 el obispo de La Habana Juan José Díaz de Espada y Landa quien dio varias disposiciones para un mejor acierto en el desempeño de las funciones del vicario. Espada se preocupó en su tiempo porque los curas no sólo profesaran el cristianismo a sus feligreses, sino que también los vacunaran contra la viruela donde no habían médicos.

La difícil comunicación con otras regiones de la isla y la propia capital era fundamentalmente a través del camino real y la estafeta de correos más cercana a Guamutas se encontraba situada desde 1791 en Guanajayabo donde se recibía y entregaba correspondencia a un jinete que hacía el recorrido de La Habana a Santiago de Cuba. En Matanzas existían dichas estafetas en Ceiba Mocha, Río Canimar, Guamacaro y Lagunillas.

Con el advenimiento del Siglo XIX aflora cierto desenvolvimiento social, la descomposición de las viejas haciendas brindó la posibilidad del advenimiento de un mayor número de personas a la región, que fueron ocupando como se ha expresado cada palmo de tierra, sin embargo, el desarrollo de una economía eminentemente agrícola, sumió a la inmensa mayoría en una gran pobreza. Los negros esclavos obligados a trabajar, con su sudor alimentaban la codicia de los ricos hacendados residentes en La Habana, centro exclusivo de los grandes negocios. Los blancos, en su mayoría sitieros, sembraban hoy para comer mañana, pues pocos podían vender en los ingenios o comercios sus cosechas, procurándose apenas el gasto diario.

El desarrollo azucarero proporcionó alguna medra, podían durante las zafras emplearse como mayorales, carreteros, maestros de azúcar, boyeros, etc, procurándose el sustento y los artículos de mayor importancia, dentro de los que se incluyen los aperos de labranza, las bestias y algunos muebles y demás utensilios para el bohío. Terminada la zafra no le quedaba otro recurso que volver a su sitio compuesto de una caballería de tierra arrendada para vegetar en espera de la próxima contienda.

No obstante, independientemente de que fueron poblados algunos caseríos y se levantaron nuevas fábricas de azúcar, quedaron zonas prácticamente aisladas, donde los pacíficos sitieros sintieron el acecho de los bandoleros quienes con gran libertad de día y de noche los vejaban, llevándoles las bestias y aperos de labranza. Son frecuentes las quejas donde se solicitaba al gobernador de Matanzas la permanencia en este término de tres dragones, debido a las tropelías de los bandoleros y la imposibilidad de socorrer a los vecinos por la distancia en que vivían unos de otros.

En la noche del 22 al 23 de abril de 1828 fue acometida la casa de Don Agustín Oquendo por una partida de bandoleros en Guamutas los cuales no lograron su objetivo por la valiente defensa hecha por uno de sus hijos y un sobrino, saliendo herido un bandolero que fue preso por el teniente José Fernández, quien realizó la persecución del resto.

Con motivo del acecho de los bandoleros en Guamutas se escribió al capitán general Dionisio Vives solicitando poder perseguir a los bandidos, quienes según sospechas el juez colindante los apañaba. El propio Vives autoriza las persecuciones en documento firmado el 27 de abril y ordena se continúen las investigaciones sobre el apañamiento.

Esta monótona vida también era rota con la celebración de las peleas de gallos que constituían la principal distracción de la época. Durante este período (1790-1840), la añosa aldea de Guamutas fue una población animada y floreciente, allí no faltó nunca juegos de toda clase y se efectuaban magníficas peleas de gallos donde solían realizarse apuestas casi fabulosas. El cuidado y adiestramiento de estas aves disipaba el hastío del campesino y le cifraba las esperanzas en el triunfo de su ejemplar, por lo cual los domingos atravesaban grandes distancias para el disfrute de estas fiestas.

La lidia de gallos era una tentación riesgosa, si el gallo perdía su dueño arriesgaba todo el salario que había ganado en muchos meses de duro trabajo y con él se iban las esperanzas de volver a topar el próximo Domingo. Los bailes hacían reunir también a la población campesina y las visitas de alguna que otra personalidad, tanto eclesiástico como gubernamental, constituía todo un acontecimiento.

La llegada del cura al batey del ingenio era un suceso importante pues tenía una marcada finalidad de oficios: misas, bautismos o alguna desgracia. Las misas en la iglesia de San Hilarión de Guamutas constituían un motivo de esparcimiento. Desde 1789 la región perteneció al nuevo obispado de La Habana y la jurisdicción eclesiástica se extendió once leguas hacia el Este, abarcando hasta Ceja de Pablo donde se construyó una parroquia, cinco al Oeste, cuatro hacia la costa y once al Sur donde se estableció otra parroquia en Palmillas, siendo atendida por el entonces teniente cura Don Antonio Jiménez.

En 1836 el padre Jiménez comenzó a prestar auxilio religioso en la Nueva Bermeja (Colón) y en 1837 ayudado por algunos hacendados y agricultores del lugar levantó una pequeña ermita y luego una iglesia. Años más tarde al parecer prácticamente abandonó su oficio en Guamutas, despojando su iglesia de vasos sagrados, imágenes, casullas y otros ornamentos, por lo que fue acusado por los vecinos en el obispado de La Habana, comprobándose luego que eran de su propiedad.

Eran muy esperadas las romerías de Guamutas en los aniversarios del Santo Patrono (San Hilarión 21 de octubre) donde no faltaban juegos lícitos de toda clase que incluían además de las lidias de gallos, carreras de caballos, corridas de novillas, bailes, etc.

En los ingenios durante algunas fechas se les permitía a los negros efectuar fiestas rituales traídas desde las lejanas tierras del África, estas constituían además de una distracción para los blancos, pues aunque se evocaban ritos africanos, se celebraban en días de festividades cristianas, como fue el 6 de enero, día de los reyes.

El incipiente desarrollo económico de la región no se correspondió durante este período con el nivel de instrucción pública, desde el punto de vista cultural la ideología de los ricos productores que asentaron sus propiedades aquí estaba cifrada en desenvolver la vida cultural e intelectual en La Habana u otra ciudad importante, pero nunca dispusieron de algún medio para que funcionara una escuela y ningún otro sector ni gubernamental ni social acometió en aquellos momentos la empresa, esto trajo como consecuencia la existencia muy pocas personas instruidas en la comarca, la mayor parte de la población era iletrada, los hijos tenían cifrados los mismos destinos que los padres, les guardaba un incierto futuro.

Independientemente de la insignificancia cultual que descolló en esta apartada región donde no existió instrucción pública hasta 1864, la campiña guamutense fue cuna de destacadas personalidades. El día 18 de enero de 1832 nació en la finca Caimito la abnegada patriota Emilia Casanova Rodríguez, esposa del célebre novelista Cirilo Villaverde, su padre Don Inocencio Casanova Facundo, era natural de islas canarias y poseyó valiosas fincas rústicas y urbanas en Guamutas y Cárdenas y contrajo matrimonio con Petrona Rodríguez, criolla natural de Guamutas, de cuya unión nacieron 16 hijos.

A los pocos meses de nacida Emilia, se desató un fuerte huracán que dañó seriamente las propiedades del padre en Guamutas ocasionándole pérdidas muy apreciables, este hecho unido al pleito seguido con los Souvervilles en Cárdenas, determinó su traslado para dicha ciudad donde su familia se vio comprometida en 1851 con la expedición anexionista de Narciso López

Presionada por sus ideas independentistas se ve obligada a emigrar años más tarde a los Estados Unidos donde desarrolla una importante labor patriótica a través de la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico y la prestigiosa Liga de las Hijas de Cuba, fundada por ella y donde recaudó importantes fondos para la guerra de los diez años.

Emilia estableció correspondencia con el célebre escritor Víctor Hugo y el general italiano Garibaldi, reclamándoles solidaridad y apoyo moral con la causa cubana. En carta dirigida por este último a Emilia se leer: “Mi Querida Señora:

Con toda mi alma he estado con Udes desde el principio de su gloriosa revolución, no es sólo España quien pelea por la libertad en casa y quien esclaviza a los demás pueblos fuera, pero yo estaré toda la vida con los oprimidos, sean reyes o naciones los opresores. De Ud. Afectísimo G. Garibaldi

El día 4 de marzo de 1897, muere a la edad de 65 años Emilia Casanova de Villaverde en los Estados Unidos de Norteamérica, siendo inhumados sus restos en el cementerio de St. Raymon en Nueva York. En 1947 son trasladados sus despojos a Cuba.

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